lunes, 1 de diciembre de 2014

Las moscas


Insecto molesto donde los haya. Este año parece no querer desaparecer con el frío ni con la lluvia, es más, parece que se multiplican. Matas una y aparecen muchas más. 
En la escuela, a la hora de comer el almuerzo, parece que vienen en bandadas, y, porque he leído que no muerden ni mastican, si no creo que serían capaces de comerse los bocadillos de mis pequeños.

Para qué sirven las moscas, además de para no dejarnos dormir, o zumbar junto a nuestros oídos.  Por curiosidad lo busqué y resulta que son grandes polinizadoras y que su valor para la ciencia se remonta a Mendel, padre de la genética, y famoso entre nosotros por sus mezclas entre guisantes verdes y amarillos. También resulta que hay tantas y tan variadas moscas que no son ellas las que nos invaden, se posan en nuestras cabezas y se meten hasta en la sopa, somos nosotros los que las estorbamos.

Antonio Machado les dedicó estos versos:

Vosotras, las familiares, 
inevitables golosas, 
vosotras, moscas vulgares, 
me evocáis todas las cosas. 
¡Oh, viejas moscas voraces 
como abejas en abril, 
viejas moscas pertinaces 
sobre mi calva infantil! 
¡Moscas del primer hastío 
en el salón familiar, 
las claras tardes de estío 
en que yo empecé a soñar! 
Y en la aborrecida escuela, 
raudas moscas divertidas, 
perseguidas 
por amor de lo que vuela, 
-que todo es volar-, sonoras 
rebotando en los cristales 
en los días otoñales... 
Moscas de todas las horas, 
de infancia y adolescencia, 
de mi juventud dorada; 
de esta segunda inocencia, 
que da en no creer en nada, 
de siempre... Moscas vulgares, 
que de puro familiares 
no tendréis digno cantor: 
yo sé que os habéis posado 
sobre el juguete encantado, 
sobre el librote cerrado, 
sobre la carta de amor, 
sobre los párpados yertos 
de los muertos. 
Inevitables golosas, 
que ni labráis como abejas, 
ni brilláis cual mariposas; 
pequeñitas, revoltosas, 
vosotras, amigas viejas, 
me evocáis todas las cosas.