sábado, 10 de octubre de 2015

Viaje al pasado


Hay momentos, en los que sin saber cómo ni por qué, la mente se evade del momento presente y te lleva de viaje a otro tiempo pasado.
Hoy volví a mi infancia, a los fines de semana en los que mi padre nos llevaba a su pueblo, Laguna de Duero, para ver a mi abuela y a mi tía. 
En el pueblo había dos lugares fascinantes para mi: uno era la tienda del señor Marqués. Un lugar enorme lleno de las cosas más inverosímiles, muchas de las cuales no sabía para qué podían utilizarse. Sobre su mostrador un tarro de cristal con regalices negros. Unas barras pequeñas y finas que nunca más he vuelto a encontrar. Un céntimo la barra costaba, con una peseta te daba diez. Hoy con un céntimo no te dan ni las gracias. También tenía unos pequeños regalices dentro de una cobertura de caramelo de colores, esos sí que los venden todavía, pero cuando los volví a comprar, pensando en aquellos de mi infancia, no sabían igual.
El otro lugar era el quiosco de la plazuela, el quiosco de Ceci. Era toda una aventura dar la vuelta a su alrededor, pasar el dedo por sus paredes de cristal y ver la cantidad de cosas que atesoraban las estanterías. Lo mismo encontrabas canicas de colores, que animales de plástico, que indios y vaqueros. En la zona alta las revistas del corazón, las novelas de vaqueros y las fotonovelas, también los tebeos. El tabaco que por entonces fumaba mi padre. Todo un mundo en un espacio minúsculo. 
Hoy ni hay quiosco y la plazuela ha cambiado de nombre. El señor Marqués murió hace mucho tiempo y la tienda permanece cerrada. Sus contraventanas de madera llenas de polvo me hacen saber que el tiempo va pasando inexorablemente.