sábado, 2 de abril de 2016

Hay días...


Hay días que parecen un regalo. Días que sólo les falta una caja decorada, un papel de bonito y un gran lazo. Al deshacer el nudo de la cinta aparece la sorpresa.
Así fue el otro día para mi madre. Le había pedido que me acompañara a hacerme una prueba. La llevé a la estación de trenes con la excusa de ir a recoger a una amiga. Mientras esperábamos en el andén "tiré del extremo de la cinta" y al momento descubrió su regalo: Un viaje a Madrid, un viaje a sus recuerdos, a sus lugares de la infancia. Sólo ver su cara fue la constatación del acierto, una gran alegría que hacía que sus ojos brillaran, y que, de pronto, pareciera más joven.
Alegría al respirar el aire de Madrid, al ver los viejos monumentos tan familiares para ella, al descubrir antiguas tiendas que seguían abiertas, recorrer algunas viejas calles, al comer con unas grandes amigas ...
También emoción al recordar a mi padre que físicamente no pudo acompañarnos, al volver a pisar el lugar donde trabajó hoy convertido en un restaurante, la iglesia donde se casaron...

Al caer la tarde, hora de recoger la cinta de regalo, el papel de colores, meter dentro de la caja cada uno de los momentos vividos y sentarnos exhaustas en el tren para volver a casa.

No hay mejor regalo que verla tan feliz por un día, a pesar de los efectos secundarios del viaje en mi salud.