miércoles, 29 de junio de 2016

Recuerdos


Antes de empezar la misa, sentada en el coro de la iglesia contemplaba a la gente. Parecían tan pequeños... pensé por un momento que Dios nos debe ver así: pequeños. 

Desde mi asiento veía las carreras de algunos pequeños, la llegada de alguna señora mayor que aún estando la iglesia llena encuentra uno de los mejores sitios, sólo es cuestión de que los que llegaron antes se junten un poquito. Los preparativos en la sacristía, la salida de la procesión de los sacerdotes hacia el altar. Cuando llegó el momento de la homilía, nos sentamos dispuestos a escuchar. La voz de mi hijo subió hasta las bóvedas llenando la iglesia. En esos momentos recordé que hace apenas unos años era un niño. Un niño alegre que aprendía los largos poemas que su abuelo le enseñaba. Entonces su voz infantil también llenaba la casa y declamaba los poemas concentrado en no olvidar ninguna rima. Un niño que se reía a carcajadas, tan grandes que parecía imposible cupieran en aquel cuerpo. Recordé los cuentos que nos sabíamos de memoria a fuerza de contarlos una y otra vez, y las canciones, como la del Cola-cao, que cantaba sin parar.

Alguien me preguntó qué sentía al ver a mi hijo convertido en sacerdote. Es algo que no se puede expresar con palabras, es una mezcla de satisfacción, alegría, emoción, orgullo... 
Algo que guardas en tu corazón como un tesoro.