lunes, 18 de julio de 2016

En otro tiempo



No nos damos cuenta del valor de algunas cosas hasta que nos vemos privados de ellas, como el agua, por ejemplo. Desde anoche no tenemos agua. Abres el grifo y te quedas mirando como una tonta, como si a fuerza de mirar empezara a salir el líquido elemento. En estos casos comprendes el sacrificio de esas mujeres que van a buscar agua cada día con un cántaro en la cabeza y un bebé en la espalda. Sólo que nosotros no tenemos fuente ni río al que acudir.

En los veranos de mi infancia íbamos a casa de mi abuela paterna. Entonces no había agua corriente en las casas. Con mi tía nos acercábamos a una fuente donde llenar el cántaro con agua. Allí, la jóvenes, hablaban y reían olvidándose del tiempo, hasta que se metían prisa unas a otras pensando en la reprimenda de sus madres por llegar tarde a casa. 
Era los tiempos en los que, en los pueblos (o aldeas como le gusta decir a mi amiga Viviana) las mujeres se sentaban a la puerta de las casas  en sillas bajas de enea a repasar la ropa blanca o a coser primorosamente el ajuar que luego expondrían si la moza llegaba a casarse.

Son recuerdos de otro tiempo en el que no había tecnología sofisticada como ahora. 
Dice mi admirado Miguel Delibes:
"El progreso no sirve... si éste «ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la incomunicación y la violencia, de la autocracia y la desconfianza, de la injusticia y la prostitución del medio natural, de la explotación del hombre por el hombre y de la exaltación del dinero como único valor»