viernes, 2 de diciembre de 2016

"Elogio al silencio"


Viernes por la tarde. Llego a la capital. Subo las escaleras del aparcamiento desgastadas por el paso de miles de personas. Se ve por donde caminamos todos porque ese trozo parece pulido. Esto me hizo recordar lo que mi padre nos contaba: Cuando hicieron la Fasa en Palencia cubrieron toda una explanada de césped, esperaron un tiempo y cuando el paso de los trabajadores marcó el camino que seguían cada día para entrar y salir del trabajo, fue entonces cuando cementaron los senderos.
Al salir del aparcamiento me golpean las luces, las voces, las músicas... Todo preparado para incitar a comprar. Gente cargada de bolsas con cara enfadada o triste, parejas discutiendo, un chico se hace una foto con su móvil mientras su pareja come palomitas sin molestarse en mirar al objetivo, con cara de mortal aburrimiento, niños llorando, niños con globos... Largas colas para todo: para pagar en los comercios, para subir a las atracciones navideñas... Llego a un semáforo en rojo, nos paramos casi todos. Entonces me doy cuenta que frente a mi hay una masa de gente, parece compacta, como un sólido muro y me pregunto si seremos capaces de pasar a través de ella. Se puede, no sé como pero se puede. Sigo por la calle. Música que sale de todos los comercios, músicas diferentes, olor a castañas asadas que se mezcla con la de los perfumes procedentes de las tiendas, luces y más luces en los escaparates, en la ropa brillos y lentejuelas que parecen decirte lo bien que te lo puedes pasar si te lo compras.

En medio del estruendo un cartel se balancea: "Elogio al silencio".

Nada más terminar de hacer las cosas vuelvo al aparcamiento: cola para pagar... Salgo de la ciudad, sus luces van haciéndose más pequeñas, menos brillantes mientras me adentro en la noche del páramo: silencio y oscuridad. Todo un descanso para los sentidos.

¡Buenas noches!